Tenemos que jugar con el miedo

¿Por qué somos tan rápidos para sumergirnos en escenarios de desastres? Encuentro con el profesor Michel Lejoyeux, que lleva varios años estudiando nuestra fascinación por las peores

Isabelle Taubes

Psicologías: ¿podemos vivir sin hacer nuestro "cine"?

Michel Lejoyeux: Nuestra mente es una máquina que nunca se detiene. El pensamiento no conoce pausa. Pensar, sentir demasiado de esto, no lo suficiente, lamentar ciertas opciones, preguntarse sobre el futuro de uno es parte de la vida psíquica normal. La preocupación, la tristeza son emociones que pertenecen a la psicología cotidiana. Por naturaleza, el estado de ánimo es inestable. Sería preocupante no preocuparse por su futuro. Si no tuviéramos miedo acerca de nuestro valor, nunca buscaríamos mejorar y progresar. La condición humana es en sí misma provocadora de ansiedad.

¿No es la paz interior un estado natural?

De hecho, los mandatos a la serenidad permanente, la búsqueda de la felicidad perfecta me dejan perplejo. Para escapar de nuestras emociones no lleva a nada. La verdadera pregunta es: ¿cómo vivir con ellos? Sin imaginar que es posible transformar la vida psíquica en una especie de paraíso blanco. Además, es inútil, incluso dañino, sugerirle a una persona muy preocupada o pesimista que controle mejor sus afectos.

Has titulado tu último libro "Sobredosis de información". ¿Nos ven como yonquis adictos a las malas noticias?

Está claro que necesitamos estar conectados, estar constantemente informados, en una especie de adicción colectiva a los blogs, las noticias. Es un fenómeno que se asemeja a la hipocondría generalizada, donde uno está obsesionado con la salud del mundo que va tan mal. Estamos hartos de la información sin tener suficiente, ya que el hipocondríaco se apresura al médico a quejarse, examinar, tranquilizar, sin sentirse realmente tranquilizado. Esta tendencia se ve ampliamente favorecida por el famoso "principio de precaución". Se trata de estar preparado para defenderse de cualquier peligro que pueda surgir. Ninguna nueva epidemia debería tomarnos por sorpresa. Ahora, a fuerza de querer protegernos, esta sociedad nos empuja a preocuparnos, a preguntarnos si hemos hecho bien en el peor y hemos hecho lo necesario para evitarlo, en nuestra vida personal, familiar y profesional.

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